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La naturaleza en el arte japonés

La naturaleza en el arte japonés

Doctor Ricard Bru. Universitat Autònoma de Barcelona

La cultura japonesa se ha ido configurando y definiendo a partir de unos vínculos sólidos con el medio físico en el que se ha desarrollado a lo largo de los siglos: un extenso territorio con importantes diferencias climáticas y de gran actividad sísmica en el que la generosidad y la belleza de la naturaleza han tenido un papel muy destacado. Tanto la antigua religión nativa, el sintoísmo, como las antologías poéticas datadas a partir del siglo VIII, muestran cómo la profunda empatía de los japoneses hacia la naturaleza ha acabado convirtiéndose en uno de los principales rasgos idiosincráticos de su cultura. Y el arte, como expresión estética de la cultura, nos ha legado bellos testimonios de ello. Como en el pasado, aún hoy, en un Japón que vive de lleno la era de la tecnología, resulta prácticamente imposible ignorar las sutilezas de los cambios constantes y permanentes de las estaciones. Por ello, a lo largo de la historia, han surgido todo tipo de idealizadas y emotivas representaciones de la naturaleza, desde el imponente monte Fuji hasta los pétalos de flor más humildes. Juntas, forman un vasto repertorio de imágenes que se ha adaptado a todos los registros y a todos los estilos y formatos, para terminar desempeñando un rol central en la historia del arte japonés.

Pese a que el culto animista del sintoísmo nos remite a un pasado lejano, la observación y la veneración estética de las representaciones idealizadas de la naturaleza no se extendieron entre las clases altas del país hasta aproximadamente el periodo Heian (794-1185), cuando aristócratas, artistas y poetas, alejados de los ambientes rurales, empezaron a plasmar a través del pincel una mirada intelectualizada, y a la vez refinada, de flores, plantas, aves y paisajes. La máxima expresión de la relación íntima entre la naturaleza y la mirada humana sería desde entonces la representación del paso del tiempo a través de las distintas estaciones que, inexorablemente, rememoran la melancólica belleza de un mundo efímero. En este sentido, la célebre La historia de Genji, escrita por Murasaki Shikibu en el siglo XI, es un canto constante a los placeres de la naturaleza y al cambio continuo de las estaciones, a las hojas doradas de otoño, a la luna llena de agosto, al rocío, a la flor del ciruelo o al sonido del viento entre los pinos. «A veces me turba pensar en la transitoriedad de las cosas, siempre en perpetuo cambio ­―afirmaba el príncipe Genji―, pero basta que me sean dadas a contemplar las flores de una nueva primavera para aferrarme a la realidad visible, por más que sepa que es tan solo un sueño volátil». Ya desde entonces, en su día a día, la corte japonesa se acostumbró a vivir encerrada en unos palacios rodeados de una naturaleza poetizada. «Dentro de los límites de mi propio jardín ―añadía Genji― he procurado reunir todo lo que he podido de todas las estaciones del año: árboles que florecen en primavera, plantas que alcanzan su máxima belleza en otoño, insectos cuya música evoca las cálidas noches de verano…» Con todo, la corte no tan solo se rodeaba de un jardín o de un pequeño fragmento de naturaleza, sino que empezó a decorar todos los interiores con puertas correderas fusuma y un biombos con pinturas que reproducían una naturaleza colorista, al tiempo que estilizada, que expresaba una profusión constante de belleza y de emoción.

MEB 507-1

Más allá del periodo Heian, con el paso de los años y de los siglos, las representaciones artísticas de la naturaleza fueron enriqueciéndose cada vez más, con más propuestas y con formatos, técnicas y estilos cada vez más variados. Así, a partir del siglo XIII, bajo la influencia de budismo zen, se empezaron a introducir motivos florales y ornitológicos de inspiración continental, representados exclusivamente con tinta china de color negro (sumi-e). Se trataba de un nuevo tipo de pintura que respondía a un nuevo tiempo, marcado por el shogunato Ashikaga y unos patrones samuráis que veían en la austeridad y la autosuficiencia del budismo zen un modelo atractivo a seguir. Pinturas como la del monte Fuji plasmado con un solo trazo de pincel por el monje zen Etsusō Myōi en fechas mucho más tardías muestran uno de los rasgos esenciales de la pintura del budismo zen, en la que los paisajes no se mostraban acabados, sino más bien sugeridos mediante trazos esenciales e intuitivos (MEB 507-1). Pero al margen de las obras de los monjes-pintores budistas, la naturaleza se hizo presente en una diversidad de soportes mucho más extensa, no tan solo en pinturas sobre rollos horizontales (emakimono) y verticales (kakejiku), ni únicamente en puertas y muros interiores, sino también en todo tipo de elementos y objetos de la vida cotidiana, desde los quimonos de seda hasta las lacas, las cerámicas o incluso el papel, la correspondencia y la poesía. Grandes artistas como Kanō Eitoku, Tawaraya Sōtatsu, Kanō Tan’yū, Itō Jakuchū, Maruyama Ōkyo o Ogata Kōrin, miembros de tendencias tan diversas como las escuelas Tosa, Kanō, Rinpa, Nanga o Maruyama-Shijō, así como infinidad de otros autores, muchos de ellos anónimos, nos han transmitido a lo largo de los siglos una mirada propia de una naturaleza que, desde tiempos remotos, en Japón se ha sentido y vivido con intensidad.

MEB 414-1858

MEB 121-122

La decoración de una pequeña cerámica podía convertirse en un soporte perfecto para evocar lugares comunes difundidos por la literatura y la poesía, como los cerezos en flor de Yoshino o las hojas rojizas de otoño posándose sobre las aguas del célebre río Tatsuta (MEB 121-122). Del mismo modo, los antiguos quimonos se recubrían con motivos tan variados como grullas en pleno vuelo, olas encrespadas o flores, como los lirios que florecían junto al puente de ocho tablas yatsuhashi, descrito en el siglo IX en los Cuentos de Ise. La colección japonesa del Museo de Culturas del Mundo muestra justamente esta riqueza a través de piezas tan variadas como un katabira (MEB 414-1858), un antiguo quimono (kosode) de verano decorado con bordados de flores de crisantemos de mediados de la época Edo (1600-1868), o bien mediante libros ilustrados y estampas que nos acercan a distintas formas de aproximación a la naturaleza. Encontramos algunos ejemplos de ello en la proliferación de manuales para artistas en los que se enseñaba a representar flores, pájaros, árboles y montañas: desde los dos volúmenes del Taigadō gafu (MEB 152-830), copiados póstumamente hacia 1803 por Sō Geppō a partir de un rollo pintado por Ike no Taiga, o el volumen Ippitsu gafu de Katsushika Hokusai (MCM 7 02), creado para aprender a dibujar con un solo trazo de pincel, hasta los paisajes y las famosas vistas del monte Fuji difundidos por los artistas de la escuela ukiyo-e del siglo XIX, como los de Utagawa Hiroshige (MEB 506-3).

Entusiasmado por el descubrimiento de las estampas japonesas, en 1887 Vincent van Gogh retrató al comerciante de arte Père Tanguy (Museo Rodin, París) acompañado de xilografías de Utagawa Kunisada y Utagawa Hiroshige, entre las que destaca la vista de un cerezo en flor dedicado al gran guerrero Minamoto no Yoshitsune en Ishiyakushi (MCM 7 07), que pertenece a la serie «Lugares famosos de las cincuenta y tres estaciones» (1855). Fue justamente este cerezo uno de los que llevó a Van Gogh a soñar con poder viajar a Japón, y uno de los que debió de recordar al descubrir los árboles en flor de Arles a principios de 1888. No sin motivo, el arte japonés cautivó a los artistas occidentales en cuanto el país abrió sus fronteras a partir de mediados del siglo XIX. Y es que a lo largo de los siglos Japón supo mirar, leer y sentir la naturaleza desde una vertiente tan emotiva como estética que impregnó todo su arte.

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